JULIA LE PUSO ROSTRO A LA SOLEDAD Y AL SILENCIO
Informe especial del periódico EL COLOMBIANO

Texto completo de la nota aparecida en la sección Cultura del periódico.
"Yo creo que primero hice 'trekking' y luego aprendí a gatear". Es una broma, por supuesto, pero las palabras de Julia Mejía suenan tan sólidas que convencen. Y, sí, es que esta viajera de a pie nació en Colombia, un país riquísimo en montañas, pero fue en Europa en donde descubrió la magia de cumbres que bien podrían estar cubiertas de mantos verdes, caprichosas rocas o abundantes copos de nieve.
Caminando empezó a compenetrarse con esos silencios y soledades que tiene la naturaleza. Y, caminando, también, encontró que la fotografía era el perfecto instrumento para dotar de memoria a esos rostros de silencio y soledad.
En Florencia, Italia, se graduó como diseñadora. Y en Medellín, en la academia Yuruparí, primero, y luego bajo la dirección personalizada de Alberto Montoya, aprendió la técnica fotográfica que le permite ser notaria de la manera como los seres humanos volvemos miserable a la madre Natura.
Llegar a esos paisajes es apasionante, pero nada fácil. Ella lo hace al mejor estilo de los primigenios nómadas que poblaron el planeta, pero no para asegurar el sustento o un buen sitio en donde asentarse, como aquéllos, sino para sentir cómo a 5.980 metros sobre el nivel del mar el ser humano puede ser tan minúsculo e impotente, y a la vez tan destructor con aquello que generosamente le da vida.
Es una historia de dolor que Julia Mejía repite en todas y cada una de las 16 fotografías que colgó en las rústicas paredes de la galería de Ideartes, en una sala que lleva nombre de maestro: Melitón Rodríguez.
De Hielos se llama su segunda exposición individual y quien la observe podría caer en la tentación de preguntar ¿en dónde está ahí el cuestionado hombre?
La lente no puso en escena a ninguno. Sin embargo, el Hombre, así, con mayúscula, es el protagonista principal. Su depredadora huella está en los nevados de Alaska, en la Sierra Nevada del Cocuy y en la Cordillera Blanca, del Perú.
Todos, sin excepción, se derriten. Desde el punto de vista estético el desastre luce bello en los cuadros de 60 x 95 centímetros, con juegos de colores en los que las emociones pasan del asombro al susto y del susto a la desolación.
Al final la tristeza se instala en la conciencia. Remuerde ver montañas imponentes, pero calvas, y gigantes témpanos de hielo para los que el grisáceo mar se convierte en su cementerio.
Para llegar a esos parajes Julia, la fotógrafa, debe entrenarse como una deportista de alto rendimiento, aunque su objetivo no es "someter" montañas o valles, sino recrear su alma y hacer un llamado de atención para que no sigamos siendo tan irresponsables en el cuidado del medio ambiente.
Con la única excepción de los sábados, que dedica al descanso, el resto de la semana lo pasa metida en una piscina, caminando o en un gimnasio haciendo spinning o estiramiento.
Con el Club Fotográfico de Medellín ha realizado varias exposiciones colectivas. La primera de sus dos muestras individuales la bautizó De Piedra y Agua, en donde incluyó fotografías tomadas no desde la orilla, sino desde adentro de las quebradas de Antioquia, el Parque de los Nevados y Nuquí.
"Como caminante tengo mucha conexión con la naturaleza", dice Julia, quien en sus aventuras tiene a su esposo como el "compañero de cordada o ruta". Su hija es otro cuento. A los 12 años la llevaron a un paseo a la laguna del Otún "y quedó rayada". Aunque también es buena deportista, ella no cambia las comodidades citadinas o un resort por las extenuantes jornadas de quienes, como sus padres, practican el senderismo, como también se conoce el "trekking"
Julia confiesa que le duele mucho ver lo que hemos hecho con nuestro planeta. "La naturaleza también es fuente de catástrofes, pero es que ni siquiera le estamos danto tiempo para que se renueve por sus propios medios".
Basta ver las fotos de su muestra para entender por qué no le gusta que la vean como una dama ilustre a la que le encanta viajar. Lo suyo es una necesidad vital. Es que, dice, "en Medellín vivo resignada. Por eso, cada que tengo oportunidad me vuelo".
Caminando empezó a compenetrarse con esos silencios y soledades que tiene la naturaleza. Y, caminando, también, encontró que la fotografía era el perfecto instrumento para dotar de memoria a esos rostros de silencio y soledad.
En Florencia, Italia, se graduó como diseñadora. Y en Medellín, en la academia Yuruparí, primero, y luego bajo la dirección personalizada de Alberto Montoya, aprendió la técnica fotográfica que le permite ser notaria de la manera como los seres humanos volvemos miserable a la madre Natura.
Llegar a esos paisajes es apasionante, pero nada fácil. Ella lo hace al mejor estilo de los primigenios nómadas que poblaron el planeta, pero no para asegurar el sustento o un buen sitio en donde asentarse, como aquéllos, sino para sentir cómo a 5.980 metros sobre el nivel del mar el ser humano puede ser tan minúsculo e impotente, y a la vez tan destructor con aquello que generosamente le da vida.
Es una historia de dolor que Julia Mejía repite en todas y cada una de las 16 fotografías que colgó en las rústicas paredes de la galería de Ideartes, en una sala que lleva nombre de maestro: Melitón Rodríguez.
De Hielos se llama su segunda exposición individual y quien la observe podría caer en la tentación de preguntar ¿en dónde está ahí el cuestionado hombre?
La lente no puso en escena a ninguno. Sin embargo, el Hombre, así, con mayúscula, es el protagonista principal. Su depredadora huella está en los nevados de Alaska, en la Sierra Nevada del Cocuy y en la Cordillera Blanca, del Perú.
Todos, sin excepción, se derriten. Desde el punto de vista estético el desastre luce bello en los cuadros de 60 x 95 centímetros, con juegos de colores en los que las emociones pasan del asombro al susto y del susto a la desolación.
Al final la tristeza se instala en la conciencia. Remuerde ver montañas imponentes, pero calvas, y gigantes témpanos de hielo para los que el grisáceo mar se convierte en su cementerio.
Para llegar a esos parajes Julia, la fotógrafa, debe entrenarse como una deportista de alto rendimiento, aunque su objetivo no es "someter" montañas o valles, sino recrear su alma y hacer un llamado de atención para que no sigamos siendo tan irresponsables en el cuidado del medio ambiente.
Con la única excepción de los sábados, que dedica al descanso, el resto de la semana lo pasa metida en una piscina, caminando o en un gimnasio haciendo spinning o estiramiento.
Con el Club Fotográfico de Medellín ha realizado varias exposiciones colectivas. La primera de sus dos muestras individuales la bautizó De Piedra y Agua, en donde incluyó fotografías tomadas no desde la orilla, sino desde adentro de las quebradas de Antioquia, el Parque de los Nevados y Nuquí.
"Como caminante tengo mucha conexión con la naturaleza", dice Julia, quien en sus aventuras tiene a su esposo como el "compañero de cordada o ruta". Su hija es otro cuento. A los 12 años la llevaron a un paseo a la laguna del Otún "y quedó rayada". Aunque también es buena deportista, ella no cambia las comodidades citadinas o un resort por las extenuantes jornadas de quienes, como sus padres, practican el senderismo, como también se conoce el "trekking"
Julia confiesa que le duele mucho ver lo que hemos hecho con nuestro planeta. "La naturaleza también es fuente de catástrofes, pero es que ni siquiera le estamos danto tiempo para que se renueve por sus propios medios".
Basta ver las fotos de su muestra para entender por qué no le gusta que la vean como una dama ilustre a la que le encanta viajar. Lo suyo es una necesidad vital. Es que, dice, "en Medellín vivo resignada. Por eso, cada que tengo oportunidad me vuelo".
Fuente: El Colombiano.
